viernes, 27 de febrero de 2026


Expresó en su momento el prusiano Clausewitz en uno de sus libros y teorías que “la guerra es la continuación de la política por otros medios” y todo parece indicar que en Colombia esta teoría es evidente, clara y demostrable.

Iniciemos por los partidos políticos y políticos de profesión: desde el presidente hasta los ediles, con una monina bastante grande del erario. No han podido por muchos años acabar con la violencia, inseguridad, hurto en todas sus modalidades y expresiones, el secuestro masivo e individual, el maltrato, narcotráfico, abigeato, sicariato, reclutamiento de menores, venta de armas ilegales, la minería ilegal, las guerrillas, la influencia comunista en universidades y colegios, la trata de personas, el consumo desmedido de alucinógenos, los cultivos de marihuana, la desforestación irracional, el boleteo constante y la masiva corrupción, etc.

Sigamos con los grupos armados ilegales de todo orden, guerrillas, paramilitares, delincuencia organizada y pandillas de todo tipo y color que generan a diestra y siniestra grandes utilidades para sus arcas gracias al concierto de delitos que lastima al pueblo y la sociedad en todos sus estratos, desde el 1 hasta el 7.

No se puede dejar por fuera al ciudadano común y corriente, en todas las dimensiones, hombres y mujeres, adultos y ancianos, del norte al sur y de oriente a occidente, al interior o exterior del país, que por acción u omisión permiten que en su seno y bajo los derechos constitucionales que tienen, se empodere la indiferencia, ignorancia y el desinterés que tiene el ciudadano para participar en política y escoger honestamente sus representantes, por lo menos conocer lo básico en el tema; desde aquí parte la responsabilidad en el tema de la política o guerra.

No dejemos por fuera a la fuerza pública; no son deliberantes, pierden el derecho a elegir y ser elegidos, supuestamente son neutrales y deberían estar defendiendo al pueblo; se dejan manipular por los políticos, observando la obediencia ilógica ante un panorama tan nefasto y negro que parece de nunca acabar.

Tema crítico cuando vemos cómo los asesinan, expulsan del territorio, humillan, escupen y lesionan en su honorabilidad como si no les afectara, pero aquí afuera esa sociedad cerrada deja muchos interrogantes: ¿Qué podría estar pasándoles? Será miedo, respeto o una terrible desorientación de la realidad en que viven o, por el contrario, mucha claridad que les impide actuar coherentemente con su misión constitucional.

Por último, en la teoría de “la guerra como continuidad de la política” tenemos al enfrentamiento entre géneros hombre y mujer, para que hablar de lo demás; izquierda, centro y la derecha; la guerra o la paz; lo que dicen los medios de comunicación o las redes sociales entre otras las bodegas; entre el ejecutivo, legislativo y judicial; votar o no votar en las próximas elecciones, entre Petro o Uribe y ahora Delaspriella o Cepeda; en ultimas, todo conduce hoy a una guerra que nos afecta a todos como país, volviéndonos cada vez más pobres económica, política y socialmente; ni qué decir en el orden internacional; definitivamente parece que queremos vivir en guerra porque así la política es más manipulable y el pueblo sometible.

En Colombia, la teoría de Clausewitz parece que tiene toda la cimentación y argumentación necesaria para preguntarnos culturalmente: ¿Colombia quiere guerra o política?   

“El camino puede ser difícil, pero con su ayuda lo podemos lograr”.


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