Expresó en su momento el prusiano Clausewitz en uno de sus libros y teorías que “la guerra es la continuación de la política por otros medios” y todo parece indicar que en Colombia esta teoría es evidente, clara y demostrable.
Iniciemos por los partidos políticos y políticos de
profesión: desde el presidente hasta los ediles, con una monina bastante grande
del erario. No han podido por muchos años acabar con la violencia, inseguridad,
hurto en todas sus modalidades y expresiones, el secuestro masivo e individual,
el maltrato, narcotráfico, abigeato, sicariato, reclutamiento de menores, venta
de armas ilegales, la minería ilegal, las guerrillas, la influencia comunista
en universidades y colegios, la trata de personas, el consumo desmedido de
alucinógenos, los cultivos de marihuana, la desforestación irracional, el
boleteo constante y la masiva corrupción, etc.
Sigamos con los grupos armados ilegales de todo
orden, guerrillas, paramilitares, delincuencia organizada y pandillas de todo
tipo y color que generan a diestra y siniestra grandes utilidades para sus
arcas gracias al concierto de delitos que lastima al pueblo y la sociedad en
todos sus estratos, desde el 1 hasta el 7.
No se puede dejar por fuera al ciudadano común y
corriente, en todas las dimensiones, hombres y mujeres, adultos y ancianos, del
norte al sur y de oriente a occidente, al interior o exterior del país, que por
acción u omisión permiten que en su seno y bajo los derechos constitucionales
que tienen, se empodere la indiferencia, ignorancia y el desinterés que tiene el
ciudadano para participar en política y escoger honestamente sus
representantes, por lo menos conocer lo básico en el tema; desde aquí parte la
responsabilidad en el tema de la política o guerra.
No dejemos por fuera a la fuerza pública; no son
deliberantes, pierden el derecho a elegir y ser elegidos, supuestamente son
neutrales y deberían estar defendiendo al pueblo; se dejan manipular por los
políticos, observando la obediencia ilógica ante un panorama tan nefasto y
negro que parece de nunca acabar.
Tema crítico cuando vemos cómo los asesinan,
expulsan del territorio, humillan, escupen y lesionan en su honorabilidad como
si no les afectara, pero aquí afuera esa sociedad cerrada deja muchos
interrogantes: ¿Qué podría estar pasándoles? Será miedo, respeto o una terrible
desorientación de la realidad en que viven o, por el contrario, mucha claridad
que les impide actuar coherentemente con su misión constitucional.
Por último, en la teoría de “la guerra como
continuidad de la política” tenemos al enfrentamiento entre géneros hombre y
mujer, para que hablar de lo demás; izquierda, centro y la derecha; la guerra o
la paz; lo que dicen los medios de comunicación o las redes sociales entre
otras las bodegas; entre el ejecutivo, legislativo y judicial; votar o no votar
en las próximas elecciones, entre Petro o Uribe y ahora Delaspriella o Cepeda;
en ultimas, todo conduce hoy a una guerra que nos afecta a todos como país, volviéndonos
cada vez más pobres económica, política y socialmente; ni qué decir en el orden
internacional; definitivamente parece que queremos vivir en guerra porque así
la política es más manipulable y el pueblo sometible.
En Colombia, la teoría de Clausewitz parece que
tiene toda la cimentación y argumentación necesaria para preguntarnos culturalmente:
¿Colombia quiere guerra o política?
“El camino puede ser difícil,
pero con su ayuda lo podemos lograr”.




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