¿Te has preguntado alguna vez cuántas bodas se bailaron
en los diferentes salones del club? ¿Cuántos cumpleaños se festejaron o cuántas
familias se han hospedado completas en las habitaciones? ¿Cuántos partidos de
tenis se han jugado en sus canchas? ¿Cuántas comidas, entre desayunos,
almuerzos y cenas, se han degustado en los comedores en estos largos años? ¿Te
has preguntado alguna vez cuántos militares del ejército, armada, fuerza aérea
o policía han disfrutado de las instalaciones en los últimos 70 años en mi club
y tu Club Militar de Oficiales?
Resumir en unas cortas líneas las cifras que
destacan la historia del Club Militar de Oficiales, ubicado en Puente Aranda,
Bogotá, es imposible. Esto se debe a la alta dinámica, asistencia y permanencia
de quienes ingresan y salen del club para hospedarse, divertirse, jugar, comer,
recrearse, relajarse o hacerse mantenimiento personal en la peluquería, manos y
spa diariamente.
Este club ha estado en el top 10 de los mejores
clubes a nivel nacional; algunas veces criticado y señalado, ha sido la piedra
angular para la sociedad militar y policial activa y en retiro para muchos
eventos, sus familias y la sociedad capitalina, al igual que las delegaciones
internacionales de muchos países que lo tienen en cuenta. Este lugar ha visto
nacer, crecer y también morir a sus asociados y empleados con el correr del
tiempo y lo más importante es que se ha sostenido con el deseo ferviente de
servir a quienes lo utilizan.
De sus primeros 70 años, he sido socio 38 años
continuos. Llegué a sus instalaciones como un joven subteniente inexperto y
asustado en 1988 y desde allí se convirtió en mi refugio y segundo hogar en
cada momento que lo he necesitado. Caminé con temor frente a tantos superiores
que encontraba en los pasillos en tiempos de otrora, me trasnoché viendo las
películas que no podía ver en otra parte, me hospedé con mi familia en muchas
oportunidades y lo visitaba los domingos para pasar un rato agradable cuando no
tenía dinero y solo había que firmar. En ese lugar… recibí del Presidente de la
República mi diploma como alumno distinguido de la Escuela Superior de Guerra en
mi ascenso al grado de Teniente Coronel, concreté el proyecto para la electrificación
del municipio de La Macarena en el Meta, me reencontré con mis viejos amigos
scout de Santa Marta, me he saludado con amigos que conocí en otros países como
Ecuador, Brasil, Trinidad y Tobago y también me reconcilié un día con mis
hermanos de parte de madre, luego de su muerte.
He orado, caminado, reído y también enojado en sus
instalaciones; desde allí he querido cambiar el mundo, pero aprendí a cambiarme
a mí mismo. Las pinturas de ese club las he publicado en mi Instagram; me he
robado muchas fotos de sus flores en los jardines, en especial las de los
árboles de magnolio, sobre todo el que está en la entrada. Me refugié una vez
todo el día después que casi me matan en una electromiografía y me he
arrepentido de mis errores en la capilla. En esas instalaciones varias veces he
recibido mensajes divinos del Señor y he comprendido la nobleza y gentileza del
pueblo colombiano en todo aquel que me ha servido.
¿Cómo olvidar al señor recepcionista alto de voz
gruesa y de bigote que me atendía y me asignaba las habitaciones del primer
piso para los subtenientes? ¿Cómo olvidar a los empleados de la cafetería de
socios que siempre me atendieron bien, a los peluqueros y manicurista de antaño
del primer piso, a las camareras y al personal administrativo? Todos ellos, de
una u otra forma, han hecho que cada día que pasa con su buena atención quiera
más a ese club que hoy lo siento mío y seguramente tan bien es el tuyo.
Estoy seguro que el General Rojas Pinilla jamás
llegó a pensar el legado que inició y la historia que entre todos escribiríamos.
Feliz cumpleaños número 70, Club Militar de Oficiales; tú… no solo has escrito
tu vida, también has ayudado a escribir la mía.
“El camino puede ser difícil,
pero con su ayuda lo podemos lograr”.










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