¿Te has preguntado alguna vez cuántas bodas se
bailaron en los diferentes salones del club? ¿Cuántos cumpleaños se festejaron
o cuántas familias se han hospedado completas en las habitaciones? ¿Cuántos
partidos de tenis se han jugado en sus canchas? ¿Cuántas comidas, entre
desayunos, almuerzos y cenas, se han degustado en los comedores en estos largos
años? ¿Te has preguntado alguna vez cuántos militares del ejército, armada,
fuerza aérea o policía han disfrutado de las instalaciones en los últimos 70
años en mi club y tu Club Militar de Oficiales?
Resumir en unas cortas líneas las cifras que
destacan la historia del Club Militar de Oficiales, ubicado en Puente Aranda,
Bogotá, desde el 13 de junio de 1956, es imposible. Precisamente se debe a la
alta dinámica, asistencia, permanencia y transitabilidad de quienes ingresan y
salen del club para hospedarse, divertirse, jugar, comer, recrearse, relajarse
o hacerse mantenimiento personal en la peluquería, manos y spa diariamente.
Este club ha estado en el top 10 de los mejores
clubes a nivel nacional. Algunas veces criticado y señalado, ha sido la piedra
angular para la sociedad militar y policial activa y en retiro en muchos
eventos. Sus familias y la sociedad capitalina, al igual que las diversas
delegaciones internacionales que recibe Colombia. Este lugar ha visto nacer,
crecer y también morir a sus asociados y empleados con el correr del tiempo y
lo más importante es que se ha sostenido con el deseo ferviente de servir a
quienes lo utilizan.
De sus primeros 70 años, he sido socio 38 años continuos
desde 1988. Llegué a sus instalaciones como un joven subteniente inexperto y
asustado; desde allí se convirtió en mi refugio y segundo hogar en cada momento
que lo he necesitado. Caminé con temor frente a tantos superiores que
encontraba en los pasillos en tiempos de otrora, me trasnoché viendo las
películas que no podía ver en los casinos de las unidades, me hospedé con mi
familia en muchas oportunidades entre los años 1995 y 2016. Cómo no recordar
los almuerzos los domingos para pasar un rato agradable cuando no tenía dinero
a fin de mes y solo había que firmar.
En ese lugar… en 2005 recibí de la mano del
Presidente de la República Álvaro Uribe Vélez mi diploma como alumno
distinguido de la Escuela Superior de Guerra. En mi ascenso al grado de Teniente
Coronel, concreté el proyecto para la electrificación del municipio de La
Macarena en el Meta en el año 2013; me reencontré con mis viejos amigos scout
de Santa Marta en el 2015; he saludado compañeros que conocí en otros países
como Ecuador 2025, Brasil 2018, Trinidad y Tobago 2017; además, y altamente
importante para mi vida, me reconcilie un día con mis hermanos de parte de
madre en el año 2016, luego de su muerte en el año 2014.
¿Cómo no mencionar a todas las personas que hicieron
posible mi estadía en los momentos agradables compartidos precisamente en
tiempos de tensión o también de entrenamiento en la sede de Melgar, Tolima, en
el año 1998, luego del revés tan significativo de la Brigada Móvil 3 en el
Billar, la reunión de comandantes de la Quinta División en 2004 o la visita a
Tolemaida con el curso CIM de la Escuela Superior de Guerra del 2007, o el
reentrenamiento de comunicaciones a toda la fuerza de despliegue rápido en el
año 2012? Ninguna comparación puedo hacer con la buena atención recibida en la
sede de Paipa, Boyacá, en el año 2009 durante el segundo foro de oficiales de
comunicaciones o la estadía de descanso con mi familia en el año 2005. Vaya…
tiempos gratos de la vida.
He orado, caminado, reído y también enojado en sus
instalaciones; desde allí he querido cambiar el mundo, pero aprendí a cambiarme
a mí mismo. Las pinturas de ese club las he publicado en mi Instagram; me he
robado muchas fotos de sus flores en los jardines, en especial las de los
árboles de magnolio, sobre todo el que está en la entrada. Me refugié una vez
todo el día después que casi me matan en una electromiografía 2017 y me he
arrepentido de mis errores en sus diversas capillas. En las instalaciones de la
sede Bogotá, varias veces he recibido mensajes divinos del Señor y he
comprendido con humildad la nobleza y gentileza del pueblo colombiano
representado en todo aquel que me ha servido.
¿Cómo olvidar al señor recepcionista alto, de voz
gruesa y de bigote, que me atendía y me asignaba las habitaciones del primer
piso para los subtenientes? ¿Cómo olvidar a los empleados de la cafetería de
socios que siempre me atendieron bien, a los peluqueros y manicuristas de
antaño del primer piso, a las camareras y al personal administrativo? Todos
ellos, de una u otra forma, han hecho que cada día que pasa con su buena
atención quiera más a ese club que hoy lo siento mío y seguramente también es
el tuyo.
Estoy seguro, de que el general Rojas Pinilla jamás
llegó a pensar en el legado que inició y la historia que entre todos
escribiríamos; por eso hoy, al celebrar sus 70 años de historia, quisiera
dirigirme con respeto a los ciudadanos que se colocan el uniforme de cualquiera
de las cuatro fuerzas para que defiendan este bien patrimonial sentimental y
material que nos recuerda que las personas pasan, pero los buenos lugares
continúan, y para los que ya nos quitamos el uniforme, nada diferente a motivar
la defensa del lugar que nos sirvió y que seguramente seguirá haciéndolo. “Solo
se ama lo que se conoce”. Feliz cumpleaños número 70, Club Militar de Oficiales;
tú… no solo has escrito tu vida, también has ayudado a escribir la mía.
“El camino puede ser difícil, pero con su ayuda lo podemos lograr”.










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